El domingo día 4 de diciembre acudí a la Marmota,
una carrera de 25 kilómetros por la zona de Colmenar Viejo. Alguien de mi
trabajo me la comentó y, tras echar un vistazo, me pareció que era una prueba
que se adaptaba a mis posibilidades. Sin embargo, una vez inscrito y viendo con
más detalle el recorrido y los desniveles, me di cuenta de que, a pesar de que parecía una carrera de montaña, no era tal dado que la mayor parte del
recorrido transcurría por pistas y no había ningún tramo técnico ni de subida
ni de bajada. Demasiado rápida para mí. Eso, unido al hecho de que me apunté
solo, hicieron que en la salida me encontrara con menos ganas de las pocas que ya
de por sí tengo antes de cada carrera.
Y es que no podía evitar pensar, justo antes de
cruzar la alfombrilla, en las más de dos horas de sufrimiento que me quedaban
por afrontar. Por eso, últimamente me encuentro mucho mejor en distancias
largas o con recorridos duros. A pesar de sus dificultades evidentes siempre
parece haber un momento donde te puedes relajar, donde puedes bajar el ritmo lo
que quieras o echarte a andar si la cuesta se empina, de tal modo que no me
resultan en absoluto agobiantes. Sin embargo, saber que te quedan muchos
kilómetros de bajadas en las que irás ‘a muerte’, con toboganes que te machacarán
las piernas y algunas subidas en las que no podrás parar lo más mínimo sin que
te pase un montón de gente, en mi caso, hace siempre que me plantee, por fin,
una carrera sin ‘lucha’, que me invada el deseo de no competir lo más mínimo,
de disfrutar como en los entrenamientos observando a la gente, acompañando un
rato el ritmo de los que van más suave que yo, forzando en las zonas de subida
con las piernas frescas por el ritmo pausado de ese ‘dejarse ir’…. Acompañado
de Juanjo un corredor de Villalba al que conozco del gimnasio, me encontraba
tan ensimismado deleitándome en esta posibilidad que me sorprendió el
inesperado inicio de carrera. Tanto, que no me dio tiempo ni de despedirme de
él porque fue oír el sonido mágico que nos pone en marcha, ver al corredor de
blanco con una cincha en la rodilla con el que he coincidido en las tres
últimas carreras y unirme a su ritmo, para regular mis demasiado rápidas
salidas. Ya estaba en carrera y para competir.
A los dos kilómetros ya era consciente de que me había
equivocado. El ritmo de mi corredor de referencia era demasiado alto: en las
otras carreras la diferencia básica era que empezaban con fuertes subidas por
lo que él tardaba en alcanzarme unos kilómetros. En bajada su ritmo era
demasiado fuerte para mi por lo que cambié rápido de estrategia y me puse a
regular enseguida intentando buscar otra ‘liebre’. Durante casi ocho
kilómetros el terrerno fue muy favorable picando hacia abajo con algunos llanos
y pequeños toboganes en los que mantener el ritmo alto se hacía cada vez más
difícil lo que vaticinaba un final muy duro por la todavía considerable distancia que
quedaba.
En cuanto empezaron las cuestas fui consciente de
que las piernas no iban tan frescas como me hubiera gustado llevarlas. Los
largos y tendidos tramos de subida me pesaban mucho y más, si cabe, ver que la
gente me pasaba en ellas. Así transcurrieron varios kilómetros y un par de
controles, viendo como poco a poco me iba pasando algún corredor suelto en un
número mayor de los que yo alcanzaba. Sólo en alguna bajada corta y técnica
conseguía recuperar terreno y algún
puesto. Entre el kilómetro dieciséis y el diecinueve el cuerpo recuperó por un
momento las ganas de correr lo que me animó bastante. Más todavía lo hizo el
hecho de pasar por el veintiuno en 1:33 lo que me sorprendió gratamente. Sin
duda iba rápido para mis ritmos y en absoluto hundido como pensaba.
Poco duró lo bueno. En los cuatro últimos
kilómetros, coincidiendo con varios tramos de subida, algunos de ellos tirando
a duros pero siempre ‘corribles’ (lo que los hacía durísimos a esa altura de
carrera), noté una pájara considerable. De esas que hay que combatir con pocas
fuerzas, mucha cabeza y un enorme sufrimiento. Apelando a mi espíritu
‘trailero’, ese que nos insufla fuerza y coraje donde sólo hay dolor y
desesperación, conseguí ‘arrastrarme’ y llegar a meta sin pararme ni perder
mucho más tiempo. Llebaba 1:54:59 en carrera.
La anécdota del día fue que, como llegué tan mal,
en ningún momento pensé en mirar las clasificaciones sino que me fui al coche y
volví a Villalba como alma que ha visto al diablo. Qué sorpresa tan agradable
ver al día siguiente en las clasificaciones que había conseguido mi primer
podium: segundo clasificado en VET-B (>50 años). A ver si hay suerte y
repito en alguna otra carrera para pisar podium….


4 comentarios:
Enhorabuena Biri, llegar a pisar el cajón es algo que muy pocos consiguen en su vida deportiva. Hacerlo a tu elevada edad es más difícil aún, implica mucho sacrificio y el haber sabido cuidarse muy bien. Eres un ejemplo a seguir para todos. ¡Bravo!
Más mérito tiene si tenemos en cuenta que es una carrera que no se adapta a tus cualidades... seguro que es el primero de muchos.
¡¡Cuanto me alegró esta noticia!!.
Creo que es merecidisimo y el preludio de otros tantos que habrán de llegar. No como ansia de victoria, sino como simple reconocimiento a los méritos, esfuerzo e ilusión que pones en cada zancada.
Aupa el abuelo y su paso a la nueva categoría, donde podrás cosechar los éxitos que la constancia y la cabeza te regalarán como merecido buen fin de tantos años de dedicación a ésta y otras muchas disciplinas. Ahora bien, lo que tendrás que hacer a partir de ahora es tomarte la pastillita de la memoria para que no se te vuelva a olvidar mirar los resultados antes de irte, mangarrián.
Bravo fernan, eres un ejemplo de constacia y amor por éste deporte. Seguro que consigues mas pódiums. Un abrazo!.
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